Una joya del Barroco en Viena, capital de la música

La primera impresión que produce la iglesia de Santa Ana, es una plácida combinación de admiración y silencio. La grandiosad del Barroco se extiende y un silencio espiritual frente al altar aisla del ruido de la ciudad. Una mirada lleva a la otra, y así cada paso que nos adentra es más y más silencioso. Los elementos dorados y caprichosos, los frescos del techo, así como sus inigualables pinturas sobre el altar requieren una atenta mirada.

Tan sólo una corta visita se revela como una experiencia única. De tamaño discreto y armonía en colores y figuras, el recinto interior de la iglesia impresiona a los visitantes. No en vano Santa Ana es considerada una de las más hermosas iglesias del Barroco en Viena. Sus tres frescos del techo, sus pinturas del altar y los frescos de la capilla a San Francisco Javier se deben a Daniel Gran (1694-1757). La representación en la capilla de Santa Ana con la Virgen María y el Niño Jesús se atribuyen a Veit Stoß, en cambio las pinturas laterales se deben a Wiener Schmidt.

Conciertos en la iglesia con ambiente histórico

La iglesia de Santa Ana fue construída en 1518 y es a partir de 1897 cuando los Oblatos del San Francisco de Sales se hacen cargo del servicio religioso. Más tarde pasarían a ser propietarios del templo también. La decoración completa fue confiada a Christoph Tausch y a él le debemos la impresionante atmósfera, que resulta el marco ideal para los conciertos de la iglesia.

Ésta y otras iglesias datan de una fecha muy anterior a las obras interpretadas en ellas, sobre lo que cabe añadir que muchos compositores han escrito sus obras para estos lugares y atendiendo a las características de estos espacios. Estas obras tienen en cuenta la acústica y diseño del espacio de tal manera que los sonidos no se mezclen. El resultado es la muestra más elevada del arte clásico, que luce más aun en tan espiritual entorno.